Parques y Jardines

DSC 0080Los espacios verdes han tenido una gran importancia histórica en la configuración de la ciudad del Puerto de la Cruz, procurando siempre una total y plena integración de la vegetación en el entorno urbano. A la presencia de la flora autóctona de nuestras islas se le suma la enorme variedad de vegetación de los lugares más remotos del mundo recogida en el Jardín de Aclimatación y en varios jardines privados mimados con celo por sus propietarios, algunos de ellos abiertos al público.

A lo largo de la historia los jardines han gozado de una presencia y una significación plena en la evolución de la humanidad desde la más remota antigüedad. El jardín ha sido pues para el hombre un deseo y una fantasía desde tiempos inmemorables, a través de los siglos y de las diferentes culturas, razas y tradiciones, teniendo incluso su imagen poética de un jardín terrenal en el paraíso.

En el caso de los jardines botánicos, originariamente se constituyeron como auténticos vergeles en los que se cultivaban plantas medicinales para las boticas del siglo XV. Ciñéndonos a España, único país del mundo que encierra la historia completa de los jardines desde la Edad Media hasta la actualidad, hay que citar en primer lugar al Jardín Botánico por antonomasia, el de Madrid, fundado en 1775 en el Soto de Migas Calientes por Real Orden de Fernando VI y trasladado en 1781 por Real Decreto de Carlos III a su actual emplazamiento en el Paseo del Prado. La preocupación científica que tenían las mentes ilustradas de España queda patente en la importancia dada a estos jardines. Por ello se explica asimismo el éxito del Jardín de Aclimatación de La Orotava, no alcanzado ni por el de Madrid ni por el de Aranjuez, fundamentalmente por el clima y “temperamento” de las Islas, análogos en muchos casos al de los países de donde procedían las plantas.

Muchas han sido las especies vegetales que se han ido introduciendo en las Islas desde que éstas fueron incorporadas a la Corona Española. Canarias era lugar de paso obligado para los navíos que desde Europa viajaban a América, Asia y África, originando la convivencia en nuestro archipiélago de una infinidad de especies arbóreas, arbustivas y herbáceas procedentes de las más remotas regiones del Planeta.

Aparte de la hermosura del Jardín Botánico, el Puerto de la Cruz cuenta también con una rica vegetación que comenzó a embellecer sus calles y plazas a partir del siglo XIX; anteriormente, los árboles estaban excluidos casi totalmente de las vías urbanas, quedando restringidos a la intimidad de las fincas particulares.

Plantas endémicas de nuestras Islas como la palmera y el drago, que cubrían la práctica totalidad de nuestros suelos, han quedado reducidas a aquellos lugares todavía vírgenes que el hombre no se ha atrevido a tocar, encontrándolas también como plantas ornamentales en zonas urbanizadas. Muchos de nuestros jardines han desaparecido o desaparecerán para dar paso a las construcciones masificadas que se multiplican sin control en la actualidad. Un claro ejemplo se aprecia en el Sitio Litre, un vergel que hoy se consume poco a poco entre grandes edificaciones. Lo contrario sucede, afortunadamente, en Playa Jardín, espacio de esparcimiento público adornado con una vegetación sin la cual no entenderíamos aquel entorno.

 

DSC 0082El Parque Taoro
Para poder comprender la significación de este excepcional espacio, en el mismo corazón del Puerto de la Cruz, debemos remontarnos a los orígenes de la totalidad de la infraestructura edificada en el “Monte Miseria”, que surge con la construcción, de 1888 a 1893, del Gran Hotel Taoro o English Grand Hotel.

El Hotel Taoro y su entorno
A finales del siglo pasado, concretamente entre 1887 y 1890 surge la idea de construir un gran establecimiento hotelero que trascendiera el marco estrictamente terapéutico para acoger un turismo más amplio (Health Resort). La elección del emplazamiento no fue gratuita, puesto que el Monte Miseria se erige en un privilegiado alto del Valle de La Orotava. A sus pies, el Puerto de la Cruz.

El escritor grancanario González Díaz describe de este modo en 1923 la increíble belleza de la vista que desde allí se podía contemplar:

“He vuelto a ver el grandioso Hotel Taoro, una de las cosas más notables que hay en Canarias. Siempre que lo veo me produce la misma impresión de grandeza que aplasta. Es lo grande en medio de lo bello. Son tan deliciosos estos lugares que si pudiera olvidarme de la tierra de Gran Canaria, donde nací, donde tanto sufro, desearía quedarme en ellos para siempre y que bajaran mi ataúd por estas floridas sendas hasta aquel rinconcito del Puerto de la Cruz, hermoso y triste. Al Puerto vamos descendiendo por la inmensa gradería de bosques y jardines que empieza a desarrollarse junto al Taoro. Mirado desde abajo, el hotel parece un gigantesco castillo del Rhin con su feudo a las plantas. Mirada a través de las ventanas del Taoro abiertas sobre el Valle, sobre el océano, sobre las frondas tupidas y saturadas de intensos perfumes, en aquella quietud paradisíaca, en que todo duerme y todo sueña, se embellece mucho la abominable vida”.

El terreno, casi cortado a pico, a unos cien metros sobre el nivel del mar, da paso a la llanura costera donde se asienta el Puerto de la Cruz. Consistía en un erial de lava petrificada , con una extensión de más de once hectáreas, sobre el que se levantaría el edificio, jardines y demás instalaciones del mismo. Además del complejo en sí, se trazaron también dos carreteras que enlazaron el Hotel con el Puerto y las vías de comunicación insular.

Enclavado en una naciente zona turística, el complejo hotelero, diseñado por el prestigioso arquitecto francés Adolph Coquet, pasó a contar con toda una gama de servicios complementarios que demandaba su elitista clientela en un área en la que no existía una infraestructura de ocio como tal.

Los Jardines del Parque Taoro
DSC 0083Pero son sus hermosos jardines el elemento más sobresaliente del nuevo “Gran Hotel”. Ya en 1892 se podían admirar numerosas especies exóticas: eucaliptos, palmeras datileras canarias y de abanico, laureles de Indias, cedros, pinos canarios, cipreses, adelfas, plátanos del Líbano, araucarias, cafés, árboles del Paraíso, etc., así como gran variedad de árboles frutales. Estos jardines se agrupaban en dos espacios diferenciados. El denominado jardín francés, que se extendía sobre el patio central del hotel y una pequeña franja del exterior, fue diseñado por Adolph Coquet, completando una excepcional visión de parterres florales y césped geométricamente distribuido. Al fondo, algunas glorietas ajardinadas, algunas de ellas con templete, un estanque y la cancha de tenis. A modo de jardín inglés, en el otro espacio ajardinado que abarcaba el resto de la propiedad, se distribuían árboles, plantas y flores aleatoriamente. A estas dos superficies hay que añadir el jardín de la vertiente norte de la montaña, hoy denominado “Jardín de la Atalaya”, situado entre el hotel y el Puerto. Para dar vida a este entorno y abastecer al hotel, la compañía construyó un estanque de 1415 metros cúbicos.

En la descripción realizada por el periodista madrileño Jesús Vigil en 1896, se puede apreciar la admiración que despertaban en el visitante estos jardines:

“Viendo aquellos negruzcos y esponjosos peñascos de frías lavas, los ferruginosos riscos que el sol ha bruñido, las franjas de oscuras escorias y negras cenizas volcánicas, no se comprende que la mano del hombre haya podido hacer lo que hizo […] Los jardines rodean al hotel como una inmensa corona de flores. Los que miran al Puerto de la Cruz, llamados de la “Montaña”, son realmente caprichosos. Tiéndese por las laderas en tal disposición que parecen colgados sobre abismos [..] [y con referencia al jardín inglés escribe] Limitan estos jardines la carretera y dos soberbias alamedas y en ellos encontraréis todo género de rosales, senderos de azucenas y alfombras de geranios”.

El Camino de La Sortija
Siguiendo la ruta que fija la carretera que bordea el Parque llegamos a la fachada sur del Hotel Taoro, a cuyos pies comienza su discurrir el Camino de la Sortija, que atraviesa el espacio ajardinado de norte a sur. El popular juego de la sortija es el que da nombre a este peculiar paseo. Era costumbre por aquel entonces que los jóvenes del lugar se entretuviesen en los días de Carnaval o en las fiestas patronales con este juego, en el que cintas bordadas por las señoritas del pueblo prometían y adivinaban designios amorosos para aquel muchacho montado a caballo que, con gran habilidad, consiguiese alcanzar una de las preciadas cintas. En la época de esplendor del Gran Hotel Taoro, el Camino de La Sortija constituyó el eje sobre el que giraba toda la vida social, lúdica y cultural de los “ilustres” huéspedes del hotel. Pero, con el paso del tiempo, fue sufriendo un progresivo proceso de marginación, acompañando así al infortunio del propio Hotel Taoro.

A su derecha se extienden los restos de malpaís, en los que podemos encontrar una vegetación típica del piso basal-canario (cardones, tabaibas, matorriscos o aloes), así como otras plantas que han sido introducidas a lo largo del tiempo (bambú, Buganvilla, etc.). Además de una gran variedad de aves y reptiles, esta zona alberga también endemismos únicos en el mundo, motivo por el cual el lugar ha sido objeto de numerosos estudios.

El interés que suscita este entorno entre la comunidad científica es tal que, en una ocasión, con motivo de la salvaje agresión de que fue objeto el parque al realizarse una serie de obras de acondicionamiento, un científico extranjero propuso la posibilidad de costear de su propio bolsillo el gasto que originaría la instalación del vallado, limpieza y restauración de este espacio privilegiado con el único fin de preservar intacta la zona. Pero, observando el lamentable estado en que se encuentra actualmente, deducimos la falta de interés de las autoridades por su conservación. Tal vez sea por la ignorancia, desidia o falta de sensibilidad respecto a temas medioambientales, por vacíos legales, superposiciones de competencias, etc., o quizá porque los canarios aún seguimos sin valorar ni tomar conciencia de nuestros propios recursos naturales.

El Jardín Acuático del Risco Bello
La derecha de la fachada principal del Hotel Taoro se encuentra uno de los jardines más bellos del Puerto de la Cruz. El actual Risco Bello consta de dos fincas compradas por D. René de Radiguès en 1969 y 1974 respectivamente. La primera, que pertenecía a la familia de Pedro Fernández y Magdalena Ritzen, era la Casa Risco Bello, que comprende la parte este del actual jardín. Esta familia construyó la casa sobre lava y basalto, dedicando parte de la finca al cultivo del plátano. La segunda, denominada Casa Caledonia, pertenecía a al familia Reid, familia inglesa propietaria de un negocio de importación y exportación. Situada en la parte oeste del actual jardín, la más cercana al Hotel Taoro, constaba de una casa de estilo colonial inglés con más de sesenta años de historia. Fue precisamente en esta finca donde ya los Reid habían introducido algunos ejemplares de flores y plantas exóticas.

El matrimonio belga llegó a Tenerife en busca del añorado clima que beneficiara la salud de Ana María, esposa de René, que llegó a restablecerse totalmente de sus afecciones. René diseñaría el jardín como un acto de amor hacia ella, trabajando hasta los ochenta años en la restauración de las casas y la creación del jardín, que más tarde se transformaría en acuático debido a los problemas de abastecimiento de agua de la época. Generó un auténtico microclima capaz de autoabastecerse.

Tras dieciocho años en Tenerife, en agradecimiento por la felicidad que la isla les proporcionó, decidieron compartir con el mundo la belleza de este pequeño paraíso, abriéndolo al público en 1988.

La finca, de cerca de dos hectáreas, está distribuida en cinco terrazas, desde las que se aprecia una privilegiada vista sobre el Valle de La Orotava y gran parte de la costa norte, pudiendo incluso avistarse en días de bonanza la isla de La Palma.

Este jardín posee una colección de quinientas plantas exóticas, tropicales y subtropicales, que aumentan día a día gracias a la colaboración de coleccionistas amigos de la familia. Actualmente está previsto que se incorporen alrededor de cien ejemplares nuevos desconocidos en la isla.

En las cinco terrazas, de diferentes estilos, se conjuga el tratamiento del agua con una exuberante vegetación, dándose cita puentes colgantes, cascadas, cuevas y fuentes, creando un entorno de auténtico ensueño.

La primera de las terrazas introduce al visitante en un apacible jardín decorado con una pérgola en su centro y una fuente de agua en su interior. El primero de los lagos, al lado de una encantadora terraza-cafetería, da idea ya de la belleza que esconden estos jardines. En un segundo nivel accedemos a la segunda de ellas, la mayor, en la que podemos disfrutar de una extensa colección de frutales exóticos y un puente panorámico sobre el lago. Bordeando el estanque atravesamos una cueva sobre la que cae una cascada que nutre al lago.
La tercera, sembrada de acacias, mimosas y palmeras, se adorna con piletas rústicas. A continuación accedemos a la más personal de las terrazas. Plagada de enormes tinajas dentro y fuera del estanque, impresiona por su profusa vegetación acuática de la que destacan los nenúfares y papiros. En el último jardín sobresale su puente de inspiración japonesa semioculto en una espesa vegetación.

A lo largo de todo el recorrido, patos, cisnes, ocas y palomas disfrutan mezclándose entre los visitantes.
Descrito habitualmente como un pequeño rincón del paraíso o como auténtica poesía acuática, también César Manrique, amigo de la familia, quedó fascinado por la belleza de estos jardines, descritos por él como “sinfonía en verde”. Una de sus actuales propietarias, Bernardette de Radiguès, recuerda las palabras dirigidas por Manrique a su padre alabando su labor por respetar el entorno natural: “Yo soy el artista de los colores blancos, grises, azul y negro. A ti te doy el premio al verde en jardines de Canarias

El Jardín Botánico
El Puerto de la Cruz cuenta, desde hace más de dos siglos, con uno de los más importantes jardines botánicos del país, enclavado en los mismos límites de la ciudad, lindando ya con el municipio de La Orotava.

“A 200 metros por encima del Puerto de La Orotava se encuentra el jardín de aclimatación de Tenerife. Allí es donde uno puede darse cuenta de lo que se produce en Canarias…”

En 1788 se intentaron introducir en la Península una serie de especies tropicales que perecían con la llegada del primer invierno. La administración del momento hubo de buscar por este motivo una zona de menos rigores invernales y más templada para aclimatar estas plantas, procedentes fundamentalmente de Filipinas, América Central y las Antillas. El Jardín de Aclimatación, como se le denominó originariamente, se pensó pues para plantas que no resistían los crudos inviernos de Aranjuez y Madrid. Polier, ministro de Carlos III, quien contó con la colaboración de su sobrino Alonso de Nava y Grimón, VI Marqués de Villanueva del Prado, vio con mucho interés que fuese Tenerife el lugar elegido.

En septiembre de 1789 Madrid ordena que se realice un plan del paraje y territorio, siendo en junio de 1790 cuando se opta por el Valle de La Orotava. Se encargó entonces al Marqués su dirección por Real Decreto, construyéndose finalmente en los terrenos cedidos por el Señor de Fuerteventura, Don Francisco Bautista de Lugo, en el Puerto de la Cruz. Las obras se inician siguiendo los planos del arquitecto lagunero Nicolás Eduardo.

Desde mediados de 1791 comienza a desempeñar su misión botánica. De lo que se trataba era de enviar a los Jardines Reales una serie de árboles y arbustos que se cultivaban en las Islas Canarias.

Hay que destacar la encomiable labor del Marqués de Villanueva del Prado quien, además de llegar a pagar de su propio bolsillo los servicios de los jardineros, utilizó sus contactos personales para introducir una serie de plantas muy poco comunes, como es el caso del “Árbol del Pan”. Pero la riqueza de este jardín provenía sobre todo de las semillas que remitía la Corona.

A la muerte del Marqués, pasa a hacerse cargo de la administración del jardín la Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, como se indicaba en una Real Orden de 21 de mayo de 1826. Durante esta época, Alfredo Diston, hombre culto y refinado, fue nombrado su inspector y director. Su actividad fue muy intensa en beneficio de la institución. No sólo se preocupó de introducir nuevas plantas, como la dalia, o de conseguir semillas diferentes, sino que también llego a solucionar por propia iniciativa problemas de liquidez de la institución. Durante estos años el ilustre naturalista francés Sabino Berthelot fue también director del Jardín.

De la Sociedad de Amigos de Tenerife, su administración pasó al Gobernador de las Islas, quien arrienda el Jardín a particulares. Desde 1851, son directores del Jardín Botánico una serie de vecinos ilustres con residencia en la Villa de La Orotava; es el caso de José de Bethencourt y Molina, que, durante su dirección, evitó la tala de árboles, logrando así su supervivencia hasta nuestros días. A este le sucederá D. Germán Wildpret Soder, quien introdujo más de 7000 especies de plantas. Su mayor aspiración y anhelo fue que el Jardín Botánico se convirtiese en uno de los primeros de su categoría. Se tiene constancia de que es en esta época y antes de que se construyese el Gran Hotel cuando la Compañía Taoro celebra en el Jardín Botánico conciertos al aire libre a cargo de la Banda Municipal de La Orotava.

Posteriormente, serían Ingenieros Agrónomos los que se harían cargo de la dirección del Botánico. A causa de la reducción de su presupuesto, durante esta etapa no se realizarían mejoras y el mantenimiento del Jardín se vería por ello dificultado.

No será hasta 1907, cuando la Cámara Oficial Agrícola asume su dirección, cuando se lleven a cabo estas reformas. Se sustituye entonces la antigua conducción de agua y se instala el riego a presión, reemplazándose también la antigua verja de madera por la actual de hierro. Estas obras se llevan a cabo con el nuevo director, Juan Bolinaga Guezala.
A partir de 1941, pasó a ser dirigido por el Instituto Nacional de Investigaciones Agrónomas, hasta que en 1983 fue transferido a la Comunidad Autónoma de Canarias, donde figura como sección adscrita al Centro de Investigación y Tecnología Agrarias de la Consejería de Agricultura, Pesca y Alimentación.

El Jardín posee importantes colecciones de plantas tropicales y subtropicales de enorme valor económico y ornamental, teniendo especial relevancia las variedades de palmeras Bromeliáceas, Aráceas y Moráceas. Existen también árboles de notable belleza e interés por sus dimensiones, antigüedad, rareza o procedencia de lugares remotos.

Como institución científica, el Jardín realiza intercambios de germoplasma en el ámbito internacional, mantiene un herbario dedicado especialmente a la flora canaria con más de 30.000 pliegos y desarrolla varios programas de investigación sobre flora y vegetación autóctona y sobre conservación de endemismos.

La superficie expositiva es, desde su creación, de 20.000 metros cuadrados, desarrollándose actualmente obras de ampliación para ajardinar y dotar de modernas instalaciones una superficie contigua de 40.000 metros cuadrados.

A lo largo de su historia, el Jardín Botánico ha sido descrito maravillosamente por sus ilustres visitantes. Adolphe Coquet, por ejemplo, lo hacía de este modo:

“Se le reconoce de lejos por sus sombríos bosquecillos que resaltan entre los campos de los alrededores. Bien orientado y provisto de abundante agua, tiene una colección completísima de flora tropical y templada. Se siente un encanto infinito al pasear bajo las bóvedas floridas de sus espesas umbrías; allí se admiran los árboles más raros; todas las maravillas de la vegetación parecen haberse dado cita”.

Por su parte, el destacado naturalista francés Vernau, en su libro “Cinco años de estancia en las Islas Canarias”, relata:

“Se cultivan más de 300 especies de plantas de todas las latitudes y longitudes. Dirigido realmente por D. Hermann Wildpret, aunque el título de director sea atribuido a otra persona que nunca se ve, es de una belleza que sobrepasa todo lo que se pueda imaginar. Y esta maravilla está casi abandonada por el Gobierno español, que sólo asigna, para su conservación y para el sueldo de los empleados, una cantidad de 5.000 francos anuales. Es verdad que el jardinero gana algo vendiendo el grano y las frutas. Sin eso le sería difícil que le llegara el dinero, incluso no comiendo sino gofio”.

También William Wilde en su obra “Narrative of a voyage to Madeira, Teneriffe and along the shores of the Mediterraneam” envidia para Inglaterra un Jardín como el portuense:
“Ahora está en manos de un francés muy ignorante que ni es botánico ni jardinero. Hace algún tiempo, el gobierno prusiano se ofreció como comprador para naturalizar algunas plantas occidentales antes de ser traídas a Europa, pero el gobierno español, con mucho orgullo y dignidad, decidió dejarlo abandonado en sus propias manos, antes de que floreciera bajo otros cuidados. Un jardín como este hubiera sido una gran adquisición para el gobierno inglés”.

Playa Jardín
Este maravilloso espacio natural, que comienza a la altura del castillo San Felipe y enlaza con el barrio de Punta Brava, recorre el conjunto de playas que configuran la obra de su Director Artístico, Cesar Manrique. A lo largo de un hermoso paseo de unos 600 metros de longitud nos encontramos con una completa red de instalaciones de servicios y, ambientada con una rica vegetación, cascadas de agua marina y cuevas de piedra artificial que embellecen los alrededores. La calidad de estas instalaciones y la cuidada estética de todo el entorno hacen de Playa Jardín un lugar de singular belleza y confortabilidad.

Ubicado en la desembocadura de un barranco, un pequeño acantilado y una sucesión de bajíos y pequeñas playas de arena y callaos, el ambicioso proyecto se consolidó sobre este sustrato, creándose un extenso jardín de palmeras y plantas xerófilas pertenecientes al piso basal canario que discurren a lo largo de la playa. Dispuesto en forma de terrazas y atravesado por amplios paseos, se trata de un espacio de una gran calidad ambiental.

Playa Jardín posee una amplia colección de especies vegetales, muchas de ellas endémicas de las Islas Canarias, lo que posibilita conocer nuestro patrimonio natural botánico, cada día más difícil de encontrar y conocer en su hábitat natural, drásticamente alterado por la mano del hombre. Junto a esta colección de flora endémica conviven otras especies vegetales que han sido introducidas en las islas, recogiendo de este modo una tradición que se remonta dos siglos atrás, cuando fue concebido el Jardín de Aclimatación o Jardín Botánico. Otras eran introducidas por motivos puramente ornamentales.

Un elemento a destacar dentro de toda esta zona es el pequeño jardín de cactus que se encuentra en la desembocadura del barranco de San Felipe. Junto a él se puede apreciar una rica colección de aloes, yucas y piteras.

A lo largo de su recorrido encontramos una serie de plantas canarias propias del piso basal: tabaibas, cardones, bejeques, cabezotes, lotos, dragos, verodes, palmeras, palo de sangre, tajinastes, tarajales, botones y magarzas, además de una serie de ejemplares que se desarrollaban en otras épocas como cultivos, como son las higueras, tuneras y plataneras.

Dentro de la flora ornamental introducida llaman la atención los ejemplares de árbol paraguas australiano, junto al parque infantil; las binonias que decoran los bancos del primer sector del paseo; las madreselvas del Cabo, trepadoras de los muros más próximos a Punta Brava; el enorme ejemplar de reina de Honolulu que adorna con sus enormes flores blancas la cantina de la antigua Cueva Chasnera; la flor de gofio presente en los jardines que rodean el viejo lagar; las uvas de mar, donde se mezclan con espectaculares ágaves que recuerdan a nuestros tajinastes; los plumachos que florecen frente al edificio Bahía; y las enormes araucarias que, junto con los palmerales, embellecen la hermosa casa de D. Felipe Machado y el restaurante Los Faroles. Pero las auténticas estrellas del paseo son los dos ejemplares de árbol del viajero que, a modo de verdadera puerta vegetal, nos introduce en el jardín que rodea la glorieta de música.

En un privilegiado entorno en primera línea de costa, este complejo hace las delicias de todos aquellos que buscan, además de sol, un contacto directo con la naturaleza y con el conocimiento de la flora, tanto autóctona como exótica.

El Jardín del Sitio Litre
El Sitio Litre fue parada y fonda de ilustres viajeros británicos a lo largo del siglo XIX. El motivo de conversación entre los moradores y sus invitados era todo aquello relacionado con lo canario: su tierra, fauna flora, el majestuoso Teide o bien el imponente Drago. Todo lo encontraban en el Sitio Litre sin tener que moverse del lugar, a excepción de la siempre importante subida al Teide, para la cual los propios anfitriones de las fondas aportaban mulas, enseres y alimentos. Estos lugares daban pie al estudio de la astronomía, botánica, literatura y, sobre todo, de la pintura.

Archibaldo Little, su primer propietario, diseñó un precioso jardín al estilo británico y plantó especies características de la flora canaria y tropical. Bajo la propiedad de Charles Smith el jardín recuperaría su antiguo esplendor, perdido años atrás. Con la familia Smith pasó a denominarse “Jardín de Mr. Smith”, el “Smith’s Garden” o “Sitio del Pardo”. Este último es el que suele aparecer en los trabajos de Marianne North, que recoge de este modo la impresión que le causaba:

Había árboles de Arrayán de 10 ó 12 pies de altura, buganvillas trepando los Cipreses y enormes Azucenas blancas de Longifolio, tan altas como yo. La tierra era blanca, cubierta de pétalos de color naranja-limón; y las grandes Rosas blancas de Cherokee, cubrían un gran cenador, y la casita del jardinero contaba también con magníficas flores. Nunca he olido Rosas tan dulces que aquellas en ese jardín. Sobresalía el Teide nevado dominando todo el amanecer y en la puesta de sol, pero aún más deslumbrante bajo la luz de luna. Del jardín, yo podía subir colinas salvajes de lava, donde el Señor Smith había permitido a la vegetación de la isla hacer lo que quería (magníficos Aloes, Cactus, Euphorbias, Arumes, Cinerarias, Sedumes, Brezos y otras plantas peculiares se mostraban con toda su belleza). Los Eucaliptos estaban plantados en la planta alta y les iba muy bien, con su corteza colgada en trozos y piezas. No podía salir sin encontrar alguna maravilla para pintar. Viví una vida con la más perfecta tranquilidad y felicidad. Obtuve fuerzas cada día de mis amables amigos.

Han sido muchos los personajes, ya mencionados, del mundo del arte y la cultura que han pasado por ella dejando su huella.

El jardín, que con más de 220 años es el más antiguo de Tenerife, muestra a lo largo de su recorrido y en atriles debidamente acondicionados pinturas cedidas por los Reales Jardines Botánicos de Londres en Kew, con el que mantiene un acuerdo de colaboración.

La familia Lucas, actual propietaria del Sitio Litre, ha dado al lugar otra función, abriéndolo al público como un mágico Jardín de Orquídeas (la colección más extensa de Tenerife) que conserva el Drago más grande y antiguo del Puerto de la Cruz. El jardín comprende un total de 156 especies botánicas: 34 de árboles, 21 de plantas trepadoras, 6 de helechos, 29 de arbustos,17 de plantas de hojas decorativas, 13 de flores perennes, 6 de frutales, 12 de palmeras y 8 comprendidas en el “Jardín canario”.